El predicador inseguro

23/Mar/2012

El País Cultural, Hugo Fontana

El predicador inseguro

23-3-2012
ABEL BASTI SOBRE HITLER EN ARGENTINA
Abel Basti nació en 1956 en Buenos Aires y ha trabajado en varios medios de prensa escrita, entre ellos el diario Clarín. Radicado desde 1979 en Bariloche, donde también se desempeñó como guardaparque en el Parque Nacional Nahuel Huapí y como corresponsal de los diarios Ámbito Financiero y La Mañana del Sur, y de la agencia de noticias DyN, escribe ahora para el Periódico del Sur y desde hace algunos años viene publicando una serie de libros cuyos títulos hablan por sí solos: Bariloche Nazi, Hitler en Argentina, El exilio de Hitler, y ahora Los secretos de Hitler, que es acompañado de un extenso subtítulo: «Los acuerdos de los nazis con los Estados Unidos, y los rastros en la Argentina del Tercer Reich».
Basti intenta trazar en la primera parte de su trabajo un complejo entramado que desde principios del siglo XX se puso en funcionamiento entre los grandes grupos financieros e industriales europeos y estadounidenses, y ciertos acontecimientos políticos de particular relevancia. A partir de entonces, busca las rutas que llevaron desde Wall Street a la Revolución de Octubre, a la entrada de Estados Unidos en diversos conflictos bélicos, al ascenso del fascismo italiano o a la llegada de Adolf Hitler al liderazgo de una Alemania expoliada tras el Tratado de Versalles, que cerró de manera vergonzante su derrota en la primera guerra mundial.
Primero rastrea en un puñado de autores -entre los que no podían faltar Nietzsche y Wagner- los orígenes ideológicos de Hitler, así como su acercamiento a ciertas sectas esotéricas y las similitudes antisemitas y/o segregacionistas de otros gobernantes de aquel momento. Luego, recoge apellidos del más diverso origen y de una sola y excluyente ambición (Vanderbilt, Rockefeller, Carnegie, Morgan, Guggenheim, Rothschild, Ford, entre otros), firmas industriales (General Electric, General Motors, Standard Oil, DuPont, US Steel, Asarco, Royal Dutch Shell) y poderosos bancos (Chase National Bank, National City Bank, Hanover National Bank, etc.), para después dibujar un mapa al que no le sobran certezas: todos los caminos comienzan a llevar a Wall Street, y desde allí las maniobras de política internacional se hacen cada vez más comunes, por más inverosímiles, contradictorias o antojadizas que parezcan.
Pero desde el punto de vista de Basti, la historia es simple y conspirativa: la banca estadounidense financia a Trotsky porque ve con malos ojos las intenciones del zar Alejandro II de industrializar Rusia, y luego firma acuerdos con Lenin que permitirán el establecimiento de empresas estadounidenses tras la Revolución de Octubre. Por cierto que nada es descabellado, sino más bien partes de una trillada maquinaria que llega hasta nuestros días y, por ejemplo, hasta los acuerdos de la familia Bush con la familia Bin Laden, lo que no obsta para que nuestro autor presente sus conclusiones como si nos estuviera colocando ante un razonamiento inusualmente revelador.
Basti desarrolla también una minuciosa descripción del apoyo que el sionismo, en su afán de que los judíos europeos se trasladaran a Palestina, dieron al régimen nazi, el que se habría mantenido incluso tras el inicio de la llamada «solución final». En página 196, se informa que en 1939 Hitler fue postulado por un parlamentario sueco al premio Nobel de la Paz, campaña «respaldada públicamente por la escritora judía Gertrude Stein».
El hombre de la cicatriz. Los capítulos siguientes, alimentados con suposiciones que Basti ya había desgranado en sus libros anteriores, se van adentrando en lo que algunos críticos han calificado como el género de política-ficción. Para el autor, el Führer no se suicidó en su búnker como la historia oficial registra, sino que tras un serie de secretos acuerdos con los Estados Unidos habría viajado semanas antes rumbo a Viena, luego a Barcelona y luego parece que a Vigo o el Ferrol, donde abordó un submarino que lo trajo hasta costas de la Patagonia -puerto de Comodoro Rivadavia, Caleta de los Loros, Tierra del Fuego-. Allí, en el sur argentino, vivió una más o menos apacible vejez acompañado por su mujer, Eva Braun, y por algunos de sus más buscados lugartenientes, entre ellos su mano derecha Martin Bormann, también muerto «oficialmente» en la capital alemana (Basti, como muchos, soslaya los recientes exámenes genéticos concluyentes realizados al cadáver de Bormann hallado en Berlín).
Continúa Basti: esos acuerdos conspirativos previeron no solo la entrega y el refugio de unos mil quinientos científicos y expertos alemanes sino el envío de alta tecnología e incluso de algunas bombas atómicas prácticamente armadas, las mismas que Estados Unidos utilizaría luego en Hiroshima y Nagasaki -al parecer, los integrantes del proyecto Manhattan no daban con los mecanismos para que las bombas estallaran-. Esas oscuras negociaciones también habrían sido las responsables de que ni Estados Unidos ni Inglaterra se preocuparan por llegar a Berlín, permitiéndole al Ejército Rojo adelantarse y exigir la rendición del Estado Mayor nazi en mayo de 1945.
En alguno de los tantos reportajes que circulan en Internet, Basti sostuvo que «Hitler se cortó el pelo, al ras, casi pelado. Y se afeitó el bigote. (…) El corte de su bigote dejó al descubierto una cicatriz que tenía sobre el labio superior, que no era conocida por la gente común». Y asimismo asevera que en los primeros años, y antes de trasladarse a uno y otro impreciso domicilio, vivió en Bariloche, más precisamente en la localidad de Inalco, a orillas del lago Nahuel Huapí.
La hija de Hitler. En el libro todo es vago, todo es suposición, y los testimonios que podrían acercar alguna certeza a las hipótesis planteadas han sido tomados de ancianos vecinos o conocidos que dicen recordar haber visto a alguien con parecido a otro alguien, lo que se acerca prácticamente a lo ridículo cuando se relata el testimonio de una abogada que asegura haber atendido a una mujer que, «al entrar en confianza», aseguró ser hija de Hitler y de Eva Braun, y que entonces la profesional buscó una fotografía aparecida en una revista y ello «alentó su sospecha de que realmente se trataba de la hija de la amante de Hitler».
Enrique Anderson Imbert, en su magnífico Teoría y técnica del cuento, divide a las narraciones, según su naturaleza, en realistas, fantásticas o lúdicas. En la categoría realista coloca a todas aquellas historias factibles de suceder; en la fantástica, a aquellas imposibles de hacerlo, y en la lúdica, a aquellas improbables. En alguna de estas dos últimas parecería ubicarse el extenso y tartamudeante relato de Basti, quien repite una y otra vez citas, aclaraciones y acontecimientos como si uno de los dos, escritor o lector, sufriera de severa amnesia.
Para completar, Basti también pone en tela de juicio la muerte de Osama Bin Laden en Pakistán. Según parece, el amigo de un amigo de alguien digno de toda confianza asegura haber visto al famoso árabe pescando este verano en un apartado rincón del balneario Valizas.
Los secretos de Hitler, de Abel Basti. Sudamericana, 2011. Buenos Aires, 489 págs. Distribuye Random House Mondadori.